Cuando alguien suelta la palabra feminismo, hay un efecto reflejo en algunos hombres que les hace ponerse en guardia. Siempre me ha llamado la atención y quería analizarlo. La palabra feminismo puede suponer desde un reproche a una acusación en firme. Se comienzan a remover los prejuicios, la desinformación, las movilizaciones y acciones más polémicas, aquellas que salen en los medios con ciertas tendencias, manifestaciones, gritos, pechos al aire, procesiones con vaginas gigantes, hastags como el #metoo, #yotecreo o #noesno, cara conocidas en entregas de premios y un largo etcétera.

En definitiva, se forma un batiburrillo de conceptos populares malinterpretados y que han corrido por lo largo y ancho de internet. Memes con frases de cuñados, posmachistas las unas, directamente machistas las otras. La manada, «Juana Rivas está en mi casa», las denuncias falsas, «no todos», vídeos sacados de contexto y popularizados por youtubers con títulos que fomentan el clickbait como «Por qué no soy feminista», el corto de «Silenciados», las feministas musulmanas y sus hiyabs por supuesta elección personal y los velos occidentales que economiza en tela en las pasarelas y demás artículos que buscan reflexiones e incluso debate, más allá de un posicionamiento inmediato y dogmático. Y todo esto tiene que circular para que sigamos trabajando por la igualdad y tener conocimiento de las ideas adecuadas. El problema es cuando  los sujetos exponen su argumentación basándose antes en falsos rumores del internet e ideas deformadas, que en casos reales, documentados y demostrados sobre el feminismo que construye un lugar igualitario basado en los derechos humanos y universales.

Después de pasar por la asimilación sesgada y distorsionada de aquello que cada uno entiende por feminismo, viene la actitud. Esa virilidad que se enarbola con ese semblante de superioridad y que tantas veces hemos presenciado. El macho se incomoda, no sabe si sentirse atacado o cuestionado, burlado quizá. Frunce el ceño observando la fuente. Una mujer, quizá con rasgos normativos, puede que tenga cierta actitud o es posible que tenga pinta de «radical», en plan: pelo de colores, pelo en las piernas o ni un pelo de tonta, en cualquier caso «radical». Radical como extremista, no como raíz. Una «Feminazi», detectada. Un vistazo y lo tiene claro. Los otros hombres no tienen ni idea de la amenaza que acaba de descubrir entre la multitud. Es como si llevara una bomba de feminidad en el bolso y la quisiera hacer estallar para que el resto de hombres se volvieran… ¿Blandengues? ¿Flojos? ¿Maricones? «Nos quieren someter, nos quieren de rodillas, nos quieren con miedo… Yo soy un hombre y no se me ha educado para encogerme ante el peligro. Eso es lo que hacen los hombres de verdad. No como esos chavales que están agilipollaos. Un hombre que decide, con el pecho por delante, que se encarga de que todos estén seguros, aquí nadie va a imponerse porque todos somos iguales. Pueden votar, fumar, trabajar, mandan como la Merkel y la Lagarde y visten como quieren. Ya son libres. ¿Qué más quieren estas feministas? ¿Qué será lo siguiente?»

Y todo esto pasa en la cabeza de algunos hombres que se han perdido más de cien años de Historia, de una parte de ella: la Historia de la otra mitad de la humanidad, del feminismo y ni siquiera son conscientes de que no lo saben. Ignoran un recorrido histórico de opresión y lucha por la igualdad, solo por sacar un razonamiento sencillo que no los saque de su zona de confort y que no les haga ceder ni un ápice sus privilegios, ni de sus atributos de masculinidad hegemónica. En realidad nadie les ha acusado de nada. Se han montado la película ellos solitos, solo para justificarse. Porque a menudo, cuando alguien se siente atacado o cuestionado sin ni siquiera ser acusado por nadie, solo por oír un término como a menudo pasa con otras luchas como el antiespecismo, el racismo o el clasismo, en realidad es la conciencia la que está hablando por ellos. Existe una sensación de culpa, que puede tomarse de dos formas: rechazándola y poniéndose a la defensiva o bien reflexionando sobre esa sensación. A menudo, la segunda opción suele ser el comienzo de un largo camino muy interesante y emocionante que lleva a trabajar una masculinidad feminista y que nos pone en la dirección correcta hacia la igualdad y la justicia. Es decir, hacia el feminismo. Siendo un hombre feminista. Siendo, en definitiva, un hombre justo.

José IBARZ GONZÁLEZ
Fundador Acrítica

 

Categories: OPINIO

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