La primera vez que leí El Quijote fue en la escuela, en Chelva, mi Macondo natal. Cada mañana el maestro reunía a los alumnos en semicírculo alrededor de su mesa, todos Quijote en mano. Y mientras uno leía un fragmento los demás seguíamos la lectura hasta oír “el siguiente”, o “fulanito de tal”, para estimular nuestra atención.

Don Arturo, que así se llamaba el maestro, lo era en una doble dimensión: porque entonces se daba ese nombre a los profes, y porque era un sabio. Represaliado por el régimen de Franco por su condición de republicano, don Arturo dejó huella en varias generaciones. Y la formación que nos dio evitó -al menos en el pueblo- un vaticinio que hacía cuando se enfadaba: “llegará día que en este país los niños llevarán albarda”. Fue un privilegio tenerle como maestro, pese a que fumaba en clase (Reno mentolado) y a que de tanto en tanto nos daba con la regla en la palma de la mano. Dos peros hoy de juzgado de guardia, pero no reprobables socialmente entonces.

Cuando de adulto leí de nuevo la novela,   tuve una percepción muy  diferente a la de la infancia/adolescencia. Diferencias como la subjetividad de las dimensiones y de las distancias. En aquel tiempo remoto el “espacio” geográfico Quijote me parecía inmenso, inabarcable. Tanto que nuestros personajes necesitaban meses y meses para recorrerlo. De adulto sabes que ese universo se atraviesa en pocas horas del uno al otro confín… incluida Barcelona. Y es que los tamaños cambian con la edad. El lugar que de niño te pareció inmenso -e inmenso lo guardaste en la memoria- parece haber encogido cuando vuelves a verlo de mayor.

¡Cuántas palabras del libro no llegamos a entender en la lectura escolar! Centenares. Sí que era un castellano antiguo, pero éste no fue el principal obstáculo, sino los veintitrés mil vocablos diferentes que utilizó Cervantes al escribirlo. Una inmensidad para un adolescente, que a la vez demuestra la cultura oceánica de su autor. Si tenemos en cuenta que un ciudadano medio utiliza en sus conversaciones en torno a cinco mil palabras, juzguen ustedes mismos. Y fue la lectura de adulto la que me  permitió encontrar el matiz, la sutileza, la ironía de nuestro escritor más universal. Sacar jugo a las palabras y disfrutar con ellas.

Uno de los aspectos que en la infancia no se percibe y de adulto sí –y si eres jurista todavía más- es la gran cantidad de referencias a la justicia que Cervantes vierte en su obra maestra. Algunas de ellas en forma de consejos de don Quijote a Sancho cuando es nombrado gobernador de la ínsula Barataria, donde ha de administrar justicia. “Si acaso doblares la vara de la justicia no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia”. “Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones”. “De todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de dar cuenta el marido”. “No es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo”. Existe un delicioso trabajo de Quintero Olivares, excatedrático de derecho penal de la URV, donde destaca los aspectos jurídicos del Quijote. Y contiene una curiosidad que nos atañe de cerca. Califica como delito contra la propiedad intelectual (un concepto moderno) la aparición, en Tarragona, del Quijote de Avellaneda, obra apócrifa editada en nuestra ciudad en 1614.

En todo caso, cualquier época es buena para aprender y gozar de las numerosas frases míticas que en forma de consejos o máximas nos regala Cervantes a lo largo de su obra. Como el “hay dos grandes maestros, amigo Sancho, la práctica o la necesidad”, lo cual es una gran verdad. O el “come poco y cena más poco; que la salud del cuerpo se fragua en la oficina del estómago”, que don Quijote aconseja al escudero al tomar posesión como gobernador de Barataria. O el “desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano”, que expresa Sancho al abandonar la ínsula para demostrar que no ha sacado ningún beneficio del cargo. Sin olvidar “el con la iglesia hemos topado”, de don Quijote cuando ambos caminan por El Toboso y se encuentran la iglesia. Frases todas llenas de sabiduría (algunas de increíble vigencia hoy) y que deberían servirnos de pauta de conducta para ir por la vida.

Para completar el ciclo cervantino, hace pocas semanas hicimos la ruta literaria del Quijote. Eso sí, con un ejemplar en la guantera del coche, claro. Una grata experiencia que nos permitió evocar, in situ, algunos pasajes de nuestro escritor más universal. Como pasear por la loma de los molinos de viento, frente a Campo de Criptana, comprobando -como atinadamente Sancho advirtió a su amo- que ni son gigantes ni se mueven amenazadores. O entrar en la cueva de Montesinos, una galería de reducidas dimensiones en comparación con el oceánico relato que hace Cervantes por boca de don Quijote. Un pasaje literario prolijo, rico en matices y en fantasías, que nos lleva a pensar que García Márquez pudiera tomarlo de modelo al redactar el pasaje del loro en El amor en los tiempos del cólera.

Una de las dudas que la ruta no despeja es el lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes. O sea, el pueblo de don Quijote. Los de Argamasilla de Alba se atribuyen el honor y su argumento más sólido es que Cervantes estuvo allí preso cuando comenzó  a escribir el Quijote, y uno prefiere “no recordar” el  lugar donde lo pasó mal. Un estudio de la Universidad Complutense de Madrid publicado en 2004,  se decantó por Villanueva de los Infantes como el ficticio “lugar” de Alonso Quijano. Y lo hizo relacionando las distancias a varios pueblos y lugares del relato cervantino, con la velocidad de Rocinante/Rucio (entre los 30 y 35 km por jornada). También se atribuye, en fin, a Mota del Cuervo, Miguel Esteban y Alcázar de San Juan. Pero mejor que no se haya determinado el lugar. Así todos los pueblos pretendientes mantienen sus opciones.

Lo que no ofrece duda es el pueblo de Dulcinea. Cervantes regaló ese privilegio a El Toboso, y le dedica un capítulo especial donde describe el recorrido de don Quijote y Sancho por sus calles hasta la supuesta casa de Dulcinea. Hacemos el mismo recorrido, pero bajo un tórrido sol, y encontramos numerosos motivos relacionados con la amada sin par. Y un museo donde sorprenden dos cosas: una, centenares de ejemplares escritos en otros tantos idiomas, firmados por los jefes de estado/gobierno de los respectivos países; y dos, que aparte de nosotros, en el museo  no hay nadie más. Y es que una constante de la ruta del Quijote es la poca gente que la recorre. Lamentablemente.

Sirva este relato estival como homenaje y agradecimiento a los grandes maestros citados en él: Cervantes y don Arturo.

     Paco ZAPATER
          Abogado

 

Categories: OPINIO

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