Esto de obtener el permiso para conducir vehículos a motor se está poniendo la cosa muy difícil y más compleja de lo normal, porque los examinadores de tráfico inician su quinto mes de huelga, y que ya parece la cosa un principio pero que nunca tenga un final, dejando a miles de aspirantes pegados al volante de su coche en prácticas y al profesor desesperado por no poder cumplir su promesa: de subir a examen práctico, para que el aspirante a conductor alcance su carné tipo B, que su buen dinero e inversión costosa le ha costado para tal prueba al aspirante conductor que anda perdido si no se examina. ¡Son los nacidos sin “carné”.

Los chavales, y no tan jóvenes, ven capado su derecho e ilusión -por este orden- de poder circular por carreteras y vías urbanas, que a este paso de huelgas de examinadores de tráfico, sólo Dios sabe si podrán algún día conducir con su carné en el bolsillo. Pero a esta lenta velocidad de convocatorias retardadas por las huelgas, los pobres aspirantes a conductores tendrán que tirar de bicicleta o de transporte público durante su desesperada espera para ser aptos y ser conductores oficiales y como Dios manda.

Sacarse el carné es una inversión, un sacrificio, un esfuerzo y un dejarse los nervios las veces; factor estresante y desorientador donde los haya, y también un mar de nervios que te acompaña por el miedo del temido suspenso, que lleva  a la derrota y a la apatía frustrante del  catear de facto por las circunstancias de los hechos. Porque el día del examen, dentro del vehículo, es como si se cortase el silencio como el filo del cuchillo, ese silencio mudo que es como una perturbación a los nervios del aspirante a conductor. El examinador, como un espía, todo el rato ojo avizor y a la guait por si cometes un liviano error que pueda justificar el suspenso. Pues como en todo examen que se precie está en el aire la duda cartesiana; como el justo y merecido aprobado o como el frustrante suspenso.

Aunque los examinadores siempre dicen que ellos van a aprobar, eres tú el que debe de demostrar que mereces tal licencia y aptitud, sin cometer error damnificado y aparente que les cape la duda por un momento, por un examen, las veces, que parece echar su suerte a los nervios o a la cara y la cruz de la fortuna.  Solo unos pocos de problemas personales, cansancio, tristezas y demás inseguridades, y comienzas a sembrar la certidumbre de tu gran ilusión y delirio por conducir con el permiso reglamentario que se otorga por méritos propios pero también circunstanciales.

El comité de huelga de los examinadores presentó una propuesta a la DGT y ésta realizó una contrapropuesta. Ambas partes señalaron tras la reunión que habían “acercado posturas”, pero admitieron que quedaban “detalles por cerrar”, por lo que se emplazaron a seguir negociando “en los próximos días”. Fuentes de la Asociación de Examinadores de Tráfico (Asextra) indicaron a Servimedia que los 628 examinadores que han secundado los paros desde el pasado mes de junio (de los 756 que forman el colectivo) estaban llamados a votar la propuesta económica y profesional de la DGT, lo que hicieron el miércoles y el jueves de la semana pasada. Esa propuesta contó con el rechazo del 98% de los examinadores en huelga, que mantienen los paros hasta que se alcance un acuerdo. Los examinadores anunciaron que enviarían una nueva propuesta “más ajustada a las pretensiones del colectivo examinador, que de ser aceptada por la DGT pueda suponer la desconvocatoria de la huelga”

Los examinadores también tienen derecho a la huelga. ¡Faltaría más! Lo que pasa, es que cuando este derecho se eterniza como un poema inacabado, es cuando se producen efectos colaterales que se llevan por delante los también justos derechos de los usuarios. Esto de las huelgas está muy bien, pero cuando se supera los límites del sentido común y predomina el del interés propio, se produce un efecto casi metastásico, que mata las posibilidades del damnificado aspirante. Porque toda esta huelga ya  está afectando a las autoescuelas de toda la vida; cercanas y de barrio, que ven como sus negocios, algunos familiares y cercanos como una panadería o  una peluquería, van cerrando como una cortina corredera una tras otra. Estos son los datos: casi doscientos mil alumnos sin examinar, 90 millones de euros de pérdidas, 120 negocios cerrados. ¡Las autoescuelas dicen basta!

Actualmente no hay gloria en las autoescuelas, no hay satisfacción e ilusión en los corrillos de neonatos conductores, de los aprobados todavía en tensión y sonrisa del disimulo; delatador de emociones y de un hondo suspiro reconfortador cuando les dijeron que eran aptos después de finalizar el examen teórico, que da paso  a la segunda fase: la más cara por sus características de pago y solventes ahorros, y hasta algunos aspirantes pidiendo préstamos al banco para tal menester, y todo ello  para decir por fin: ¡Ya tengo el carné! Preparados y listos están la mayoría para ponerse con mucha aprehensión la deseada pero ansiada “L” de conductor novel, para poder circular por esas carreteras de Dios, donde la prudencia es una virtud y la imprudencia al volante un defecto, a veces, sin marcha atrás.

Sacarse el carné fácil nunca lo fue, y suele ser una carrera  galopando a encontrarse con los nervios al filo del histerismo el día del examen práctico. Pues todo depende de una palabra corta, (pues tantas letras tiene un “sí” como un “no”) y estás aprobado o suspendido. ¡Así de pragmático y seco!  Y si te suspenden o te aprueban se llora después como una tragedia griega o como una victoria tan deseada como laureada,  fundido por tu frustración o por tu logro al cuello de tu profesor de autoescuela, que es cómplice inevitable de tal empresa. Por lo tanto, se precisa una solución cabal y consecuente para evitar el desastre tácito en un conflicto en que todas las partes están perdiendo.

Sergio FARRAS
Escritor tremendista

 

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