La cita, como es conocido, pretende hacer borrón y cuenta antigua tras un periodo en que han tenido lugar acontecimientos que nunca deberían haber sucedido.

Permítaseme la inelegancia de citarme en aras de poner de manifiesto la coherencia en la exposición de las ideas. Hace ahora casi un año, escribí «No es “Pedro de nuevo” sino “un nuevo Pedro”». El objeto de aquel texto era expresar mis esperanzas de que una nueva forma de hacer política se avecinaba tras el éxito de Pedro Sánchez Castejón, en unas primarias, a las que tuvo el arrojo de presentarse sin medios, con el aparato del partido en contra y con la práctica totalidad de los medios de comunicación  dándolo por amortizado y amortizable.

Dije entonces que «la imprescindible trasformación social no puede venir solo de la mano de los y las socialistas, que no hay una única manera de hacer las cosas y la diferencia entre unos partidos y otros no estriba (solo) en cuestiones de talante. Hemos defendido una forma de construir España en la que nadie se sienta incómodo ni excluido» y más adelante añadía que «hay que desarbolar con todos los medios a nuestro alcance al actual gobierno del Estado, corrupto, manipulador, torticero, contrario a la división de poderes que no cree en el Estado de Derecho». Hace unos días, el Jefe del Estado ha firmado el Real Decreto por el que se nombra Presidente del Gobierno a Pedro Sánchez.

Carles Castillo, és diputat del PSC

Si cuando escribí aquellas líneas la situación del país era calamitosa,  hoy el desastre político e institucional ha alcanzado unos niveles que ni el más pesimista habría podido vaticinar. No solo han empeorado sensiblemente los niveles de desigualdad social y de empleo precario e infrapagado, sino que el descrédito de las instituciones, utilizadas a su antojo por el Partido Popular, se encuentra en sus niveles más bajos desde que tenemos memoria: la monarquía, a la que han metido en charcos que no le corresponden (recordemos que de los actos del Rey es responsable el Presidente del Gobierno); el poder judicial, los medios de comunicación y ¡hasta la universidad!

Las tensiones territoriales, especialmente en Catalunya, son mayores que nunca. Sobre este aspecto nunca nos hemos cansado de criticar la suerte de huida hacia adelante del independentismo catalán, pero tampoco la irresponsabilidad de un gobierno central, empeñado en obviar la existencia de un problema político al que ha pretendido dar respuesta exclusivamente con la policía, la fiscalía y los jueces.

Hoy, en una circunstancia que recuerda en algunos aspectos el Pacto de San Sebastián de agosto de 1930, un nutrido grupo de formaciones políticas –de derechas e izquierdas, soberanistas y partidarias de la unidad de España–, han entendido que la magnitud del desastre es de tal calado que se han impuesto dejar al lado las enormes diferencias y desalojar al PP con su presidente a la cabeza.  Ya el último discurso de Rafael Hernando en el Congreso justificaría por sí sola la necesidad de desalojar a la mayor urgencia a estos «personajes» del gobierno y, en buena medida, de la vida pública. Quienes nos tenemos por políticos decentes no es que opinemos de distinta manera que Rafael Hernando o el mismísimo Rajoy con su argumento de «aquí roba todo el mundo, no sé de qué se escandalizan». La ideología política no tiene nada que ver con esto. Es un problema hasta de calidad humana.

¿Y ahora? Preocupación, sentido de la responsabilidad,  sentido del Estado e infinito trabajo por delante. Redactar una agenda social de manera urgente; desmantelar las leyes estrella del gobierno saliente, como la Ley Mordaza; recuperar la  imagen de decencia de las instituciones, desde la primera magistratura hasta los templos del saber, pasando por los medios públicos de comunicación; dialogar, dialogar hasta la extenuación y tanto más con aquel con quien, políticamente, menos compartamos; poner en práctica una de las asignaturas pendientes de la democracia española, como es la división de poderes. Parece una ocasión única.

Pedro Sánchez, al que un analista político definía esta mañana como «el cabezota que gana batallas después de muerto» va a tener en contra a quienes ya se declararon sus enemigos hace algo más de un año. Los ataques despiadados de que fue víctima hace año y medio van a parecer cosa de niños comparados con la que se avecina. Las oligarquías españolas, las conocidas y, sobre todo, las más discretas, jamás han permitido que se pongan en solfa sus privilegios. No va a haber tregua.

¿Quiénes y qué hay enfrente? Enfrentados a la realidad descrita en las anteriores líneas nos encontramos  quienes convertimos los problemas en retos y los tropiezos en oportunidades para saltar hacia adelante. Pensamos también que de la búsqueda del consenso entre demócratas, incluso aquellos cuyas opiniones no compartimos, no puede salir nada malo. Y, sobre todo, por encima de todo, lo más importante de todo, tenemos ilusión y la rotunda y absoluta certeza de que este cabezota que siempre se ha mostrado fiel a sus convicciones ni va a traicionar sus principios ni nuestra confianza.

¡Adelante Pedro!

Carles CASTILLO
Diputat del PSC Tarragona al Parlament de Catalunya

 

Categories: OPINIO

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