Las miradas discretas y disimuladas, las piernas trémulas al detener el paso delante del lugar que les ha de acoger para probar la fruta prohibida. Se balancean los cuerpos entre viciosos y miedosos de que se les vean entrar en tan hedonista templo de los placeres y deleites carnales. El caminante nocturno observa desde la distancia como la lechuza: discreto y prudente. La entrada del club de ambiente liberal es bastante disimulada, no llama excesivamente la atención. De la fachada sobresale solamente una encubierta y solapada marquesina, discreta y prudente. El paseante nocturno observa a una pareja pasados de los cuarenta, normalmente vestidos y de buena presencia. Llaman al timbre, y al poco rato se abre la puerta con el misterioso arqueo del chirriar de las bisagras enigmáticas. Se pide una contraseña. Parecen espías.

Cada tarde al caer el sol, y sobre todo los fines de semana por la noche, muchas parejas deciden con más asertividad que piedad, una alternativa opción de ardiente fantasía que les conmute por unos momentos su monótona vida sexual. Normalmente buscando nuevas experiencias y manifestaciones de la sexualidad más atrevida, al encuentro de nuevas fantasías y situaciones ardientes que juran jamás haber probado. (Ya se sabe que Judas es el abogado de los embusteros y de los desorientados)

Dentro del club, a mi vértice, observo la alargada barra que da la bienvenida a tan ilustres invitados. Es una barra hecha a escuadra y cartabón, bien parida y engalanada con lucecitas que se encienden y que se apagan, parece Navidad. No es un bar de tapas, ni tampoco de pinchos de tortilla, no hay manteles de hule ni tapete a cuadros que muestre sabrosas croquetas y tacos de jamón del país. Unas luces de azul eléctrico y de neones vacilones e intermitentes se balancean por las paredes, creando un ambiente sinuoso, casi encandilador. El techo es de color negro como una bóveda celeste de una catedral, ahumado y aromatizado por el purificador incienso que todos los olores disimulan. Unas escaleras de caracol llevan a unos sofás cómodamente enclavados como poltronas a media luz que invitan al confort deseado, puestos estratégicamente y donde se suelen dejarse ver las parejas dispuestas a correr la aventura, del exhibirse para que se les vea y se les elija en el deseo excelente de: todos mezclados, todos revueltos mucho mejor. Hay vicios que dan pena y hay vicios que alegran el entendimiento. Se conoce, que con tanta confusión cualquier cosa puede ocurrir y acontecerse en estos escenarios de los clubs liberales también llamados Swingers.

Al principio, las parejas novicias en estos menesteres se muestran distantes y desconfiadas, como aquellos antiguos espías de la Alemania del Este, combinando una probable lucha interior de neurosis corrosiva que recorre como un torrente de confusión por sus cachondas mentes. Miran por encima del entrecejo, cubata en mano, para probablemente desinhibir el tenso momento. Las miradas son importantes en estos sitios, el lenguaje no verbal se interpreta como el vuelo de una mosca o el de una mariposa moribunda. Algunos hombres acuden sólos, probablemente sean como  depredadores  solitarios a la caza de un sueño instintivo y primario, para ofrecerse a pareja o fémina cachonda presumiendo de su falo grande y colosal, un falo que igual aplaca el llanto y dobla los placeres.

Mientras, entrando hacia el fondo del local, unos que parecen habituales del lugar hablan en animada conversación. Todo parece normal, como en un ateneo o como en un círculo de tertulias. Pero de repente, una música sinuosamente y serpenteante envuelve y enciende las pasiones. Una chica que no llega a los treinta, vestida con minifalda y top de esos de ajustados flecos, se planta en la pequeña pista de baile y comienza a desprenderse de su ropa. Lencería a la vista. Y como una reina gentil y doncella deseosa a la vez, se contornea hábilmente en la noche canalla que atrapa a las almas cachondas y libidinosas dejando a la vista paisaje y paisanaje. Los ojos masculinos y femeninos se clavan como estiletes de pasión en su joven cuerpo, alguna relamida de labios, algún comentario por la bajini, alguna lasciva insinuación acertada para el momento. La chica se sigue contorneando llamando a la fiesta, llamando a la juerga de las pasiones y los delirios. Paje o esclavo, qué más da para seguirla servilmente en su frenesí de lujuria y de tan divino cuerpo. Con pies de ninfa descalza y mirada de inocencia canalla, la chica treintañera y cachonda se acerca a una pareja y empieza a besar a una mujer madura, el marido se cohíbe al principio, pero se va soltando mientras las salivas de las féminas se van mezclando sabores con sus ardientes labios, como si fuese un néctar de confitura deliciosa. No hay hombre en el mundo que se resista al ver a dos hembras entregadas al tejer el beso con sus húmedos labios, al acto del relamerse el tallo por donde brotan las bocas delicadas como azahares de flor de Lesbos.

En estos locales conviene ir aseado de casa, porque no está bien visto que huelan los pies, las axilas peludas y los granitos supuradores delatores de la fatal llegada de la traidora psoriasis. Y el tranquilo estanque de las féminas parece que descansa como un guijarro entre sus piernas. Bien pulido y cuidadosamente perfumado por sus rezumados olores del claustro de sus húmedas partes, saben que aparentemente, como el mármol desnudo, se puede mostrar con orgullo de su su pubis provocador. Porque lavado y peinado uno puede ir a cualquier sitio. Tampoco es aconsejable acudir en chándal o mono de trabajo, pues tal acomodo quitaría glamour y demoraría la esperanza al lugar y al momento del placer distinguido.

Los caballeros mejor que muestren “mástil” respetable y calibre convincente. Porque aquí, el tamaño “sí” que importa, y el “cacahuete” juguetón y los pasados de fimosis son recelosamente marginados, no por desconsideración ni exclusión malintencionada, sino porque es lugar que se busca la excelencia del considerable y noble tamaño fálico de la mayoría pensante y cachonda. Los chicos de raza negra son bien acogidos y recomendados por las féminas más expertas y curtidas de estos contornos. El mozo de ébano de cuerpo atlético y musculado, es clásico reto y fantasía para una mujer desinhibida y deseosa de probar nuevas experiencias –en esto hasta hay literatura al respecto-, y si el marido o pareja no quiere entrar al “juego”, siempre se puede pedir el entretenido trivial o baraja de naipes en el guardarropía para pasar el rato. Son los menos, pero a veces pasa.

Esto del intercambio de parejas tiene que ser cosa consensuada y de tener las esencias de las intenciones bien claras. Los celosos, mejor que se dediquen a otros oficios y entretenimientos por correr peligro inminente de “implosión”. O sea: explotar de afuera hacia adentro. En esto, se conoce que hay que tener las cosas claras porque la imprecisión puede llevar al desastre, no sea que se lie tangana y contienda que acabe con la alegría, dándose estopa y tortazos teniéndose que presentarse la policía para poner paz y orden reconciliador. Los policías uniformados y acreditados como es costumbre en el cuerpo. Quede claro esto para no crear confusión.

Hacia el fondo del enigmático y misterioso local, una cama redonda llama al anhelo de “hincar el diente”, de unos que ya están desnudos y van por “faena”. Se pueden vislumbrar unas tersas manos masculinas que se agarran a unas nalgas de mujer que asoman como mirando al cielo, mirando al espejo que refleja el rostro del placer que se muestra tentador, no habiendo universo que detenga la contemplación de tan hacendoso trasero, ni tampoco ángel inmaculado que se resistiera a la tentación de su gloriosa perdición. Mientras, el falo inflamado y aparente va más allá del desnudo momento. A la mujer deseosa y entregada se le acerca un pecho a sus labios pintados de fantasía como fresa a la confitura. Besos y sudores se mezclan, se retuercen, se derraman las salivas igual que se comparten. Algún torpe tropezón puede ocurrir, que nerviosamente puede hacer perder el equilibrio en posturas complicadas y poco practicadas -hay que ir con cuidado con los posibles esguinces-, y a la vista de la penumbra luz confundidora, aparecen dos hembras besándose con lésbicas pasiones, con sus feromonas fermentadas por las esencias tediosas y salvajes. “Mujer contra mujer”, siempre es garantía para el macho observador que puede llegar a perder el juicio de la imaginación con tal escena y muestra del panorama que llena rebosante su canalla mirada, como las opulentas sombras que inundan como un placer fogoso de la manzana prohibida, que a veces, la moral pone freno por considerarlo anti natural y hasta puede que inaceptables socialmente. Pero a los Swingers, tales calificaciones no les anulan ni ponen freno a la tentación del probar toda una gama de interpretación de roles y representaciones en sus fantasías; de criada, de azafata o de camarero ataviado solo con pajarita en el cuello y un tanga que resalte sus nalgas.

La mayoría lo consideran un estilo de vida, y no una moda o una enfermedad para pervertidos o carentes de moral. Como una filosofía de vida: estoicos, helenistas y swingers… Sin más tabú que el que da la imaginería y la sensación del dejarse llevar, donde existe todo un muestrario, un potaje de: heterosexuales, homosexuales o bisexuales. A elegir o combinado. Ideal para quienes les gusten exhibirse en ambientes de penumbra y entre sombras sinuosas de lascivas apariencias.

En estos clubs, también llamados de encuentros Swingers, -Swingers queda como más fino y pulcro- quitándole el anglicismo a lo chabacano y vulgar a la cosa. Cargados de momentos y situaciones de carnales cuerpos lascivos y libidinosos, donde podemos encontrar desde chicos de esculpidos cuerpos al satinado gimnasio, hasta hombres entrados en años con barriga cervecera, más de estilo y línea de semejanza a lo “Homer Simson” que de Adonis Apolíneo. Desde chicas moldeadas por el buen juicio de la sabia naturaleza, hasta mujeres con sinuosas varices y pechos de lo más fondones, pechos caídos por el paso del tiempo que no perdona. Ilustres nalgas unas, panderos desafiantes a la deshora de la edad y la existencia de la gravedad otras. Y al final, no pierda más quien ha tanto ha perdido. Mientras, el contrahecho y el poco agraciado se defienden como pueden de sus miserias, intentando llamar la atención con diversas artimañas cómicas o chistosas, que no suelen madurar ni despertar  instinto sexual alguno. Son los menos hermosos, los más castigados y desesperados para meter “algo” en caliente.

Es también paraíso de los que les gusta mirar a través del ojo de la cerradura, donde contemplan como un manantial de gozo y de placeres profanos de un voyerismo recíproco y mutuo. Paisajes a veces de carnes caídas, como el amargo consuelo. Swingers, lugar de puntos de encuentro para ver y ser vistos, para compartir inquietudes y turbaciones de la mente enquistada, imaginaciones que permanecen ocultas y luchan por salir de la monotonía. Mundanos somos a veces, hipócritas también, dejándonos llevar por la mano del diablo que anda siempre de ronda en estas cosas de los vicios.

Como se ha dicho antes, un pene grande y lustroso en estos contornos, se ve que aleja las penas y deja espacio diáfano para la alegría, aplaca el llanto y dobla el placer de las vanidades, pudiendo ser venerado como un tótem o figura sagrada de fertilidad o de aquel bien que está presente. Y la fémina encabronada y verraca, entre el asombro y deseo apetitoso de la pasión descontrolada clama a los cielos:

-¡En tus manos dejo mi vida! ¡Te amo Dios del placer eterno!

El paseante nocturno intuye el peligro que rodea a todo esto, pudiendo sembrar la incertidumbre y la duda de una relación estable. Ese es el riesgo a correr, ése es el precio por entregarse al noble placer de las jactancias, pudiéndose dar un vacío emocional más que un lugar y escondite secreto de las fantasías más ocultas o como un refugio mal entendido. Porque una fuga de emociones y sentimientos sería fatal en estos encuentros. Y sentir que no encajas por ser diferente y tener otras inquietudes, por ejemplo amar el interior en vez de lo exterior., sería tan peligroso como mostrar la soga en casa del ahorcado y principio de conflicto no muy lejos del precipicio. Porque él: “por querer como te quiero”, y “tú sólo mía o para nadie”, son reflexiones primitivas y sin sentido que no se suelen llevar bien por estos sitios.

Entretanto, en el club de liberales y lúbricos deseos se entregan a tentaciones varias y escenarios lujuriosos varios. El miedo suele desaparecer por ser freno inútil y de poca ayuda, y como velas encendidas de pasión y desenfreno se mezclan pieles y sudores que queman como el sol al mediodía, que arden como el fuego del infierno, Pieles que supuran vicio, cuerpos que se dejan llevar al éxtasis desconocido que les reconforta y les tranquiliza como un bálsamo sensual. Es el hedonismo en su lado más salvaje y primitivo, gemidos que rebotan por los espejos de las paredes y que reflejan los rostros desencajados de alegre fatiga, Los suspiros son como huracanados vientos entregados al sentir del placer que no es del alma; sino del salvaje cuerpo armónico de su sexualidad extasiada. Por debajo de las pieles sus aromas desprenden el olor de la fermentación del azufre, que en menor o mayor medida todos llevamos dentro. Otra cosa es hacer en efecto el pensamiento y ser atrapados por el momento. Eso sí, al final cada cual se lleva la pareja que ha traído, lo de intercambio no es trueque ni canje permanente. ¡Qué los hay muy espabilados!

Algunos psicólogos creen que todo esto es una especie de relación amor y odio a la vez, de inmadurez emocional y de traumas de un pasado poco claro, interviniendo también el convencimiento mediante una especie de chantaje emocional subliminalmente buscado y remachado constantemente a la pareja o conyugue poco convencido.

El paseante nocturno recuerda aquello que decía Pier Paolo Passolini: “el menos bello siempre se enamora del más bello, nunca al revés”. Y en estos sitios acaban siendo como la vida real, que en la belleza y el encanto acaban buscando el equilibrio. Y el menos afortunado y desdichado que baile con el más feo y tullido. Dios los cría en su bondad y ellos se mezclan y se reparten sus sudores como les place y les viene en gana. Pero la dicotomía siempre está inherente y alerta, pues la contrariedad también es una condición de la especie humana. El paseante nocturno abandona el local pensando en que mejor le harán unas poesías de Neruda y unas caricias cómplices de doncellas más inocentes y trémulas. Porque fuego llama a fuego, carne llama a carne y vicio llama a gangrena emocional. Porque de lo que se prueba se puede repetir o afligirse en un triste y desesperado momento como en una catarsis freudiana, cuando ves copulando a tu pareja con otro que no eres tú.

Sergio FARRAS
Escritor tremendista

 

Categories: OPINIO

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